Les Falles de Saunc en el Valle de Benasque

En torno a la festividad de San Juan 23-24 de Junio, varios municipios del Valle de Benasque, reviven las prácticas ancestrales relacionadas con antiguos cultos al sol a través del fuego. Son las fallas del Pirineo, declaradas Patrimonio Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO.

Voltean las fallas la víspera de San Juan.

Las han quemado siempre.

Falla: corteza de abedul puesta en la hendidura de un palo de avellano; o sea, falla de abedul voletable - variante plano de la corteza alineado con el mano-.

Encienden en una fareta de la plaza de la iglesia y se van directos calle abajo hacia el aparcamiento del barranco al norte del pueblo, y las hacen girar allá; los más mayores se van un poco más arriba, pasando el puente del barranco, y vuelven. Cuando giran, no lo hacen en fila, sino espaciados, en silencio casi absoluto, "de manera muy delicada", una volteada de fallas muy pulida", al parecer del observador forastero.

Recuerdan muy bien algunos informantes haberlas corrido bien  hasta los dieciséis o dieciocho años de los tres foros; el más alejado en el cantal gordo u horno de cal (1.300m) en el camino de la montaña, el segundo, en la Arena, a medio camino, aproximadamente, y el tercero, entrando al pueblo, en el huerto de Ambrosi.

Actualmente son unos sesenta fallaires, dependiendo del año. Como novedad desde hace unos años, han empezado a rodar fallas un par de mozos que pasan de los treinta y cinco años; para estos, José, el informante de Sahún, ha hecho fallas de dos metros de largo y más de dos metros cuadrados de corteza plegada para quemar.

Prácticamente son dos personas y por separado, quienes construyen las fallas. Juan de Joaquín de Mata, él solo, extrae corteza para más de cuarenta fallas; hay que hacerlo en Junio "ta que sàbega bien" (para que se separe bien), puesto que la savia ya circula, con dos o tres días de arrancada, ya quemaría.

Los mangos se preparan con avellano hendido por el extremo delgado, con arandelas de alambre para que no se abra: una por debajo, o dos si el palo es muy grueso y tiende a astillarse demasiado, y una en la punta, por encima del combustible, para que no se escape.

Las cortezas de abedul se hacen tan grandes como salgan, y se meten en la endidura plegadas, una entera doblada con dos o tres más pequeñas dentro. 



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